El rincón más aislado de Colombia
20 de junio de 2005
Malpelo
es la única isla oceánica del Pacífico colombiano, un lugar inhóspito
pero muy simbólico a pesar de sus 3,5 kilómetros de extensión. Navegar
hasta allí y defender la soberanía nacional resulta una odisea.
Excursión a la gran roca que le da un pedacito de la Antártida al país.
EL PUNTO MÁS OCCIDENTAL de Colombia es Malpelo y gracias a él, el país tiene 200 millas náuticas de zona económica exclusiva.
De lejos, Malpelo se ve como un peñasco flotante, pero es la punta de
una cordillera submarina que se levanta 4.000 metros desde el fondo del
mar. No es más ancha de 500 metros, y su extensión es de 3,5
kilómetros, sin embargo, gracias a esta roca, Colombia tiene una zona
económica de 200 millas de mar territorial y la oportunidad de
participar en la con-quista del Pacífico o, para los más soñadores, de
la Antártida.
Los seis infantes de marina de la Armada que vienen a hacer el relevo,
son elegidos para enviarlos aquí como reconocimiento a su obediencia
militar, a pesar de que Malpelo es un curso intensivo de soledad. El
mismo que siguen sus compañeros de milicia en los otros puntos más
remotos del país: los cayos de Ranilla, el cayo Roncador y el cayo
Serrana, en el mar Caribe.
Son el teniente Diego Colón, un suboficial y cuatro infantes de marina
que lucharon durante 330 kilómetros contra una marea que golpea el
buque de frente. El oficial mira la piedra y les dice a sus hombres:
"Lo feo de estar aquí es el viaje". Para ellos el resto es lo mejor.
Estarán alejados de sus casas, pero tranquilos y relajados sin turnos
de guardia y lejos de la guerra.
Llegar a Malpelo es todo un reto. Sólo se puede hacer en buques como la
patrullera Jorge Cárdenas, que navegó la semana pasada 27 horas desde
Bahía Málaga, en misión de vigilancia.
Su comandante, el teniente Carlos Arias, ve por el radar un pesquero
muy cerca de allí e inmediatamente enfila hacia él. Un grupo de
infantes armados se suben a una lancha para ir a requisar el barco.
Esta zona es un santuario de flora y fauna desde 1996 y hay prohibición
de pescar en sus alrededores. Después de 20 minutos avisan por radio
que está limpio, no tiene pescado.
De regreso al buque encuentran en la cubierta los hombres del relevo.
Sólo al final, lograron vencer las náuseas y juntar fuerzas para salir
de sus camarotes a ver el que será su inhóspito hogar durante los
próximos 30 días. El vaivén empezó a sentirse desde que estaban
anclados en el puerto y desde ese momento supieron que el viaje iba a
ser una pesadilla.
Al principio cualquiera se pregunta: ¿En qué parte de esa puntiaguda
roca vamos a vivir? Pero, a medida que uno se acerca, la roca se ve más
gigantesca.
En el mar, a pocos metros del buque, una manta raya se asoma a la
superficie, como si les diera la bienvenida. Los infantes no tienen
tiempo de mirarla. Empiezan a descargar. Transbordan todas las
provisiones en una lancha con motor fuera de borda, que tiene que hacer
varios viajes. Las olas amenazan con hundirla, pero el suboficial que
la maneja acelera y saltan de tal manera que tienen que agarrarse a las
cuerdas de seguridad para no caerse. El Pacífico no tiene nada de
pacífico.
Como la isla no tiene playa, anclado a la roca está un muelle,
prácticamente suspendido en el aire. Es una especie de puente con una
jaula que hace las veces de ascensor. También hay una escalera de
tablas y soga que cuelga 10 metros hacia el mar. Para subir por ella
tienen que saltar y agarrarla en el preciso momento en que una ola los
eleva y alcanzan los escalones de abajo.
Con un lazo y un gancho suben la carga y sudorosos, más por la humedad
que por los 30 grados centígrados de temperatura, empiezan un ascenso
de 125 metros hasta la casa-campamento.
El camino no es parejo, simplemente han marcado las rocas menos
puntiagudas para subir por ellas. La bajada es aún más peligrosa porque
una caída sobre esos filos los puede lesionar y la evacuación se
demoraría no menos de seis horas mientras viene un buque desde Bahía
Málaga con un helicóptero que despegue a mitad de camino para
recogerlos en la isla.
En media hora llegan hasta el refugio, en el único terreno plano de la
isla. Suben con bultos de comida, baterías, ropa y municiones tratando
de esquivar los 25.000 patos marinos que tienen sus nidos allí. Este
lugar es, además, parada obligada para más de 40 especies migratorias.
La casa-campamento fue construida en 1986 para que los infantes velaran
por la soberanía nacional. En esa época, el presidente Belisario
Betancourt se atrevió a venir para izar por primera vez el pabellón
nacional.
Otros defensores de Malpelo son los ecologistas que, además de
santuario, lograron que en el 2002 fuera declarada "zona especial
sensible", junto a tesoros naturales de la humanidad como la Gran
Barrera de Coral en Australia, el archipiélago de Sabana-Camagüey en
Cuba, los alrededores de los cayos de la Florida en Estados Unidos, el
Mar de Wadden en Dinamarca y la Reserva Nacional de Paracas en Perú.
En el último mes, los militares colombianos expulsaron 12 pesqueros de la zona de conservación.
LA ISLA está rodeada por 10 islotes distribuidos en una extensión de 2,5 kilómetros.
Sólo en Malpelo viven 392 especies de peces, incluyendo a los tiburones
martillo, el espectacular tiburón ballena-que puede llegar a medir
hasta 15 metros de largo-, y atunes, jureles, pargos y meros. El fondo
marino, rico en corales, es fuente de estudio infinita para los
biólogos.
Los militares tendrán que estar aquí hasta el próximo relevo vigilando
para que los grandes barcos pesqueros, entre ellos ecuatorianos,
chilenos y japoneses, no violen la veda de pesca en seis millas
alrededor del islote. Esta es su misión más importante. Para hacerlo
sólo tienen un radio y seis fusiles con los que dispararán al aire si
los pesqueros ignoran las normas.
No tienen un bote porque allí confluyen varias corrientes importantes
de la Cuenca del Pacífico y la Ensenada de Panamá. La marea es tan
fuerte que contra la roca se destrozaría cualquier embarcación, por eso
hacen su trabajo desde la parte más alta de la isla, un morro a 376
metros de altura desde donde se pueden ver hasta 50 kilómetros a la
redonda.
Además, cuidan que ningún buque que exceda las 500 toneladas transite a
menos de 190 millas de la isla. Y aunque parezca que por aquí no pasa
nadie, el mes pasado contabilizaron 25 embarcaciones y expulsaron a 12
pesqueros de la zona de protección.
La vida de los infantes transcurre entre la lluvia eterna del Pacífico
y las pocas horas de luz de las que dependen para cargar las baterías
solares. Como ha llovido mucho, tienen agua de sobra. La que consumen
proviene de filtraciones naturales de la roca que, a pesar de que es un
poco azufrada, les sirve para beber y para bañarse.
Si hay energía solar, al mediodía la usan para encender el televisor y
ver el noticiero. No tienen ventiladores y el resto de la carga es para
un teléfono al que los llaman sus familiares en las noches. Ellos
pueden llamar también, pero no tienen más de 20 minutos al mes.
De resto, es como si perdieran la noción el tiempo, aislados de la civilización al estilo Robinson Crusoe.
Una de las pocas ventajas de este islote es que no necesitan prestar
guardia porque Malpelo tiene defensa natural: los acantilados que le
sirven de playa impiden que los barcos se acerquen, y la corriente es
tan fuerte que el buque de la Armada a duras penas puede mantenerse
amarrado a la boya cada mes que viene a hacer el relevo.
Nadie puede subir a la roca a menos que lo haga por la escalera y los
militares la mantienen recogida todo el tiempo. El acceso está
prohibido para turistas.
Empieza a anochecer. Aseguran las ventanas y recorren el terreno
alrededor de la casa-campamento para revisar que no se les haya quedado
algo afuera. Los cangrejos acaban con sus tenis y camisetas en cuestión
de horas .
Esto hace parte de la rutina de cada día. El teniente Colón ya había
estado aquí una vez, y ve todo igual. La única novedad es que la nevera
se dañó y durante un mes, hasta que vengan sus relevos, no podrán tomar
agua fría. Para que la carne no se dañe, la han salado casi toda y ya
se hicieron a la idea de comer granos, arroz y enlatados.
En la noche juegan cartas y, antes de dormir, ponen tablas contra las
puertas. Al día siguiente vuelve la rutina. Después del baño izan la
bandera, le rinden honores y cantan el himno nacional. Suben en 20
minutos hasta el faro y ven entre la bruma un barco pesquero, calculan
la distancia a ojo y por el radio avisan para que los de la casa les
notifiquen la orden de retirada. En pocos minutos el barco se va,
asegurando no haber pescado.
Mientras los recién llegados se aclimatan a la fuerza, los seis
infantes que salen se suben al buque para regresar a la base de Málaga.
Unos descuelgan la bandera para terminar el día y los otros se despiden
del rincón más aislado de Colombia.
LA ISLA está rodeada por 10 islotes distribuidos en una extensión de 2,5 kilómetros.
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Tags: ECOTURISMO, MEDIOAMBIENTE, PACIFICO