lunes, 21 de septiembre de 2009

El rincón más aislado de Colombia

20 de junio de 2005
El rincón más aislado de Colombia
Malpelo es la única isla oceánica del Pacífico colombiano, un lugar inhóspito pero muy simbólico a pesar de sus 3,5 kilómetros de extensión. Navegar hasta allí y defender la soberanía nacional resulta una odisea. Excursión a la gran roca que le da un pedacito de la Antártida al país.
EL PUNTO MÁS OCCIDENTAL de Colombia es Malpelo y gracias a él, el país tiene 200 millas náuticas de zona económica exclusiva.

De lejos, Malpelo se ve como un peñasco flotante, pero es la punta de una cordillera submarina que se levanta 4.000 metros desde el fondo del mar. No es más ancha de 500 metros, y su extensión es de 3,5 kilómetros, sin embargo, gracias a esta roca, Colombia tiene una zona económica de 200 millas de mar territorial y la oportunidad de participar en la con-quista del Pacífico o, para los más soñadores, de la Antártida.

Los seis infantes de marina de la Armada que vienen a hacer el relevo, son elegidos para enviarlos aquí como reconocimiento a su obediencia militar, a pesar de que Malpelo es un curso intensivo de soledad. El mismo que siguen sus compañeros de milicia en los otros puntos más remotos del país: los cayos de Ranilla, el cayo Roncador y el cayo Serrana, en el mar Caribe.

Son el teniente Diego Colón, un suboficial y cuatro infantes de marina que lucharon durante 330 kilómetros contra una marea que golpea el buque de frente. El oficial mira la piedra y les dice a sus hombres: "Lo feo de estar aquí es el viaje". Para ellos el resto es lo mejor. Estarán alejados de sus casas, pero tranquilos y relajados sin turnos de guardia y lejos de la guerra.

Llegar a Malpelo es todo un reto. Sólo se puede hacer en buques como la patrullera Jorge Cárdenas, que navegó la semana pasada 27 horas desde Bahía Málaga, en misión de vigilancia.
Su comandante, el teniente Carlos Arias, ve por el radar un pesquero muy cerca de allí e inmediatamente enfila hacia él. Un grupo de infantes armados se suben a una lancha para ir a requisar el barco. Esta zona es un santuario de flora y fauna desde 1996 y hay prohibición de pescar en sus alrededores. Después de 20 minutos avisan por radio que está limpio, no tiene pescado.

De regreso al buque encuentran en la cubierta los hombres del relevo. Sólo al final, lograron vencer las náuseas y juntar fuerzas para salir de sus camarotes a ver el que será su inhóspito hogar durante los próximos 30 días. El vaivén empezó a sentirse desde que estaban anclados en el puerto y desde ese momento supieron que el viaje iba a ser una pesadilla.

Al principio cualquiera se pregunta: ¿En qué parte de esa puntiaguda roca vamos a vivir? Pero, a medida que uno se acerca, la roca se ve más gigantesca.

En el mar, a pocos metros del buque, una manta raya se asoma a la superficie, como si les diera la bienvenida. Los infantes no tienen tiempo de mirarla. Empiezan a descargar. Transbordan todas las provisiones en una lancha con motor fuera de borda, que tiene que hacer varios viajes. Las olas amenazan con hundirla, pero el suboficial que la maneja acelera y saltan de tal manera que tienen que agarrarse a las cuerdas de seguridad para no caerse. El Pacífico no tiene nada de pacífico.

Como la isla no tiene playa, anclado a la roca está un muelle, prácticamente suspendido en el aire. Es una especie de puente con una jaula que hace las veces de ascensor. También hay una escalera de tablas y soga que cuelga 10 metros hacia el mar. Para subir por ella tienen que saltar y agarrarla en el preciso momento en que una ola los eleva y alcanzan los escalones de abajo.

Con un lazo y un gancho suben la carga y sudorosos, más por la humedad que por los 30 grados centígrados de temperatura, empiezan un ascenso de 125 metros hasta la casa-campamento.

El camino no es parejo, simplemente han marcado las rocas menos puntiagudas para subir por ellas. La bajada es aún más peligrosa porque una caída sobre esos filos los puede lesionar y la evacuación se demoraría no menos de seis horas mientras viene un buque desde Bahía Málaga con un helicóptero que despegue a mitad de camino para recogerlos en la isla.

En media hora llegan hasta el refugio, en el único terreno plano de la isla. Suben con bultos de comida, baterías, ropa y municiones tratando de esquivar los 25.000 patos marinos que tienen sus nidos allí. Este lugar es, además, parada obligada para más de 40 especies migratorias.

La casa-campamento fue construida en 1986 para que los infantes velaran por la soberanía nacional. En esa época, el presidente Belisario Betancourt se atrevió a venir para izar por primera vez el pabellón nacional.

Otros defensores de Malpelo son los ecologistas que, además de santuario, lograron que en el 2002 fuera declarada "zona especial sensible", junto a tesoros naturales de la humanidad como la Gran Barrera de Coral en Australia, el archipiélago de Sabana-Camagüey en Cuba, los alrededores de los cayos de la Florida en Estados Unidos, el Mar de Wadden en Dinamarca y la Reserva Nacional de Paracas en Perú.

En el último mes, los militares colombianos expulsaron 12 pesqueros de la zona de conservación.

LA ISLA está rodeada por 10 islotes distribuidos en una extensión de 2,5 kilómetros.
Sólo en Malpelo viven 392 especies de peces, incluyendo a los tiburones martillo, el espectacular tiburón ballena-que puede llegar a medir hasta 15 metros de largo-, y atunes, jureles, pargos y meros. El fondo marino, rico en corales, es fuente de estudio infinita para los biólogos.

Los militares tendrán que estar aquí hasta el próximo relevo vigilando para que los grandes barcos pesqueros, entre ellos ecuatorianos, chilenos y japoneses, no violen la veda de pesca en seis millas alrededor del islote. Esta es su misión más importante. Para hacerlo sólo tienen un radio y seis fusiles con los que dispararán al aire si los pesqueros ignoran las normas.

No tienen un bote porque allí confluyen varias corrientes importantes de la Cuenca del Pacífico y la Ensenada de Panamá. La marea es tan fuerte que contra la roca se destrozaría cualquier embarcación, por eso hacen su trabajo desde la parte más alta de la isla, un morro a 376 metros de altura desde donde se pueden ver hasta 50 kilómetros a la redonda.

Además, cuidan que ningún buque que exceda las 500 toneladas transite a menos de 190 millas de la isla. Y aunque parezca que por aquí no pasa nadie, el mes pasado contabilizaron 25 embarcaciones y expulsaron a 12 pesqueros de la zona de protección.

La vida de los infantes transcurre entre la lluvia eterna del Pacífico y las pocas horas de luz de las que dependen para cargar las baterías solares. Como ha llovido mucho, tienen agua de sobra. La que consumen proviene de filtraciones naturales de la roca que, a pesar de que es un poco azufrada, les sirve para beber y para bañarse.

Si hay energía solar, al mediodía la usan para encender el televisor y ver el noticiero. No tienen ventiladores y el resto de la carga es para un teléfono al que los llaman sus familiares en las noches. Ellos pueden llamar también, pero no tienen más de 20 minutos al mes.

De resto, es como si perdieran la noción el tiempo, aislados de la civilización al estilo Robinson Crusoe.

Una de las pocas ventajas de este islote es que no necesitan prestar guardia porque Malpelo tiene defensa natural: los acantilados que le sirven de playa impiden que los barcos se acerquen, y la corriente es tan fuerte que el buque de la Armada a duras penas puede mantenerse amarrado a la boya cada mes que viene a hacer el relevo.
Nadie puede subir a la roca a menos que lo haga por la escalera y los militares la mantienen recogida todo el tiempo. El acceso está prohibido para turistas.

Empieza a anochecer. Aseguran las ventanas y recorren el terreno alrededor de la casa-campamento para revisar que no se les haya quedado algo afuera. Los cangrejos acaban con sus tenis y camisetas en cuestión de horas .

Esto hace parte de la rutina de cada día. El teniente Colón ya había estado aquí una vez, y ve todo igual. La única novedad es que la nevera se dañó y durante un mes, hasta que vengan sus relevos, no podrán tomar agua fría. Para que la carne no se dañe, la han salado casi toda y ya se hicieron a la idea de comer granos, arroz y enlatados.

En la noche juegan cartas y, antes de dormir, ponen tablas contra las puertas. Al día siguiente vuelve la rutina. Después del baño izan la bandera, le rinden honores y cantan el himno nacional. Suben en 20 minutos hasta el faro y ven entre la bruma un barco pesquero, calculan la distancia a ojo y por el radio avisan para que los de la casa les notifiquen la orden de retirada. En pocos minutos el barco se va, asegurando no haber pescado.

Mientras los recién llegados se aclimatan a la fuerza, los seis infantes que salen se suben al buque para regresar a la base de Málaga. Unos descuelgan la bandera para terminar el día y los otros se despiden del rincón más aislado de Colombia.

LA ISLA está rodeada por 10 islotes distribuidos en una extensión de 2,5 kilómetros.

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www.arbolocos.com

Tags: ECOTURISMO, MEDIOAMBIENTE, PACIFICO

Publicado por julioestrada @ 10:07
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